El Castillo
El Castillo A K le parecía todo eso carente de importancia, como si no le afectase o no le vinculase a nada, sólo la jactancia del maestro le irritaba, por lo que dijo sin reflexionar:
—Bueno, se trata de las obligaciones usuales.
Para difuminar un poco esa observación, Frieda preguntó por el sueldo.
—Si se paga un sueldo —dijo el maestro— se considerará después de que transcurra un mes de prueba.
—Pero eso es muy duro para nosotros —dijo Frieda—, deberíamos casarnos prácticamente sin dinero, crear nuestro hogar de la nada. ¿No podríamos, señor maestro, mediante una solicitud a la comunidad, pedir un pequeño sueldo inmediato? ¿Lo aconsejaría usted?
—No —dijo el maestro, que dirigía sus palabras a K—, una solicitud así tendría que ser acompañada de mi recomendación para que pudiera tener éxito y yo no la recomendaré. La concesión de la plaza no es más que una deferencia frente a usted y las deferencias, cuando se es consciente de la propia responsabilidad pública, no se deben llevar demasiado lejos.
Entonces se inmiscuyó K, casi en contra de su voluntad.
—En lo que concierne a la deferencia, señor maestro —dijo—, creo que se equivoca. La deferencia, más bien, parte de mí.