El Castillo

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—No —dijo el maestro sonriendo, ya había logrado que K hablase—, sobre eso estoy muy bien informado. Necesitamos un bedel en la escuela con tanta urgencia como un agrimensor. Bedeles y agrimensores no son más que una carga. Me costará muchos dolores de cabeza cómo voy a justificar esos costes ante la comunidad, lo mejor y lo más sincero sería arrojar el nombramiento sobre la mesa y no molestarse en justificarlo.

—A eso es a lo que me refiero —dijo K—, me tiene que contratar en contra de su voluntad; a pesar de que le va a causar dolores de cabeza, me tiene que contratar. Cuando alguien se ve obligado a contratar a otro y este otro se deja contratar, el último es quien hace el favor.

—Extraño —dijo el maestro—, ¿qué nos puede obligar a contratarle? La bondad del señor alcalde, su gran corazón, eso es lo que nos obliga. Usted deberá renunciar, señor agrimensor, de eso me doy buena cuenta, a algunas fantasías, antes de convertirse en un buen bedel. Y para la percepción de un sueldo, esas indicaciones, naturalmente, no crean la atmósfera adecuada. Por desgracia también noto que su comportamiento aún me dará mucho que hacer: durante todo el tiempo ha estado negociando conmigo, lo sigue haciendo y no lo puedo creer, en camisa y calzoncillos.

—¡Así es! —exclamó K sonriendo y dando una palmada—. ¿Dónde están esos terribles ayudantes?


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