El Castillo
El Castillo Frieda corrió hacia la puerta. El maestro, que comprobó que K ya no estaba dispuesto a seguir hablando con él, le preguntó a Frieda cuándo querían trasladarse a la escuela.
—Hoy mismo —dijo Frieda.
—Entonces mañana por la mañana haré mi visita de inspección —dijo el maestro, saludó con la mano, quiso salir por la puerta, que Frieda mantenía abierta para él, pero chocó con las criadas que ya venían con sus pertenencias para acomodarse otra vez en la habitación. Así que el maestro tuvo que deslizarse entre ellas y Frieda le siguió.
—Tenéis mucha prisa —dijo K, que esta vez se mostró muy satisfecho con ellas—, aún estamos aquí y ya queréis volver.
Ellas no contestaron y retorcieron confusas sus hatillos de ropa, de los que sobresalían los conocidos trapos sucios.
—Ni siquiera habéis lavado vuestras cosas —dijo K, no lo dijo con maldad, sino con cierta simpatía. Ellas lo notaron, abrieron al mismo tiempo sus rudas bocas, mostraron sus hermosos y fuertes dientes, como los de un animal, y lanzaron una sonora carcajada.
—Venid —dijo K—, instalaos, es vuestra habitación.