El Castillo

El Castillo

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Precisamente cuando K llegó a la posada de los señores, aún sin iluminar, se abrió una ventana en el primer piso, un hombre joven, gordo y pulcramente afeitado, con una pelliza, se asomó por ella y permaneció allí; no pareció responder al saludo de K ni con la más ligera inclinación de cabeza. K no encontró a nadie ni en el pasillo ni en la taberna, el olor a cerveza rancia era peor que la última vez, algo parecido no ocurría en la posada del puente. Se acercó de inmediato a la puerta por la cual había observado a Klamm, presionó cuidadosamente el picaporte hacia abajo, pero la puerta estaba cerrada; a continuación, palpó para encontrar el lugar donde se hallaba el agujero, pero le habían debido de poner un tapón tan bien ajustado que no podía encontrarlo de esa manera, así que encendió una cerilla. Entonces un grito le asustó. En el rincón, entre la puerta y la barra, cerca de la calefacción, estaba sentada, formando un ovillo, una muchacha que le observaba con fijeza en el resplandor de la cerilla con unos ojos apenas abiertos por la somnolencia. Era evidente que se trataba de la sucesora de Frieda. Se recuperó pronto de la sorpresa, encendió la luz, la expresión de su rostro aún era enojada, entonces reconoció a K.

Ah, el señor agrimensor —dijo sonriendo, le dio la mano y se presentó:

—Me llamo Pepi.


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