El Castillo

El Castillo

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Era pequeña, colorada, sana, el cabello abundante y rojizo estaba recogido en una trenza, algunos mechones ondulados colgaban alrededor del rostro; llevaba un vestido liso que caía verticalmente y que no le quedaba bien: estaba hecho de una tela gris brillante, en la parte inferior había sido estrechado en el bajo de un modo tosco e infantil con ayuda de una cinta de seda. Se interesó por Frieda y preguntó si no regresaría pronto. Ésa era una pregunta que casi rayaba en la maldad.

—Me llamaron a toda prisa —dijo entonces—, después de la partida de Frieda, pues aquí no se puede emplear a una cualquiera, hasta ahora era criada, pero no ha sido un cambio muy bueno el que he hecho. Aquí hay mucho trabajo nocturno, es agotador, apenas podré soportarlo, no me sorprende que Frieda haya renunciado.

—Frieda estaba aquí muy satisfecha —dijo K para, finalmente, llamar la atención de Pepi sobre la diferencia existente entre Frieda y ella y que ella no consideraba.

—No la crea —dijo Pepi—, Frieda puede dominarse como nadie. Lo que no quiere reconocer, no lo reconoce, y ninguno nota que ella tuviese algo que reconocer. Ya hace unos años que trabajo con ella aquí, siempre hemos dormido juntas en la misma cama, pero no nos tomamos confianza, seguro que ya no piensa en mí. Su única amiga es quizá la vieja posadera de la posada del puente y eso también resulta significativo.


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