El Castillo
El Castillo En seguida, sin una palabra de explicación, K abandonó la taberna, torció en el pasillo en vez de hacia la salida hacia el interior de la casa y ya había alcanzado en pocas zancadas el patio. ¡Qué bello y silencioso estaba aquel lugar! Un patio cuadrado, limitado en tres de sus lados por la casa y separado de la calle, una calle lateral que K desconocía, por un elevado muro blanco con una enorme y pesada puerta que en ese momento permanecía abierta. En la parte del patio la casa parecía más alta que vista desde la parte frontal, al menos el primer piso estaba terminado de construir y presentaba un gran aspecto, pues se hallaba rodeado de una galería de madera cerrada hasta dejar sólo una rendija a la altura de la vista. Aún en el tramo central, pero ya en el ángulo, en la intersección de las dos alas del edificio, había una entrada a la casa, abierta, sin puerta. Ante ella se encontraba un trineo cerrado tirado por dos caballos. Salvo al cochero, a quien K, desde esa distancia y en la penumbra, más adivinaba que veía, no se podía ver a nadie más.