El Castillo

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Con las manos en los bolsillos, mirando cuidadosamente a su alrededor, K rodeó dos muros del patio hasta llegar al trineo. El cochero, uno de esos campesinos que habían estado en la taberna, le había visto venir hundido en su abrigo de piel e indiferente, del mismo modo en que alguien sigue el camino de un gato. Pese a que K llegó a donde se encontraba, saludó, e incluso los caballos se volvieron un poco intranquilos ante la presencia de un hombre surgido de la oscuridad, permaneció despreocupado. Eso le venía bien a K. Apoyado en el muro sacó su comida, pensó agradecido en Frieda que tan bien le alimentaba, y atisbó en el interior de la casa. Una escalera rectangular descendía desde allí y se veía atravesada por un pasadizo aparentemente profundo; todo estaba limpio, pintado de blanco y bien, delimitado.

K esperó más de lo que había pensado. Ya hacía mucho tiempo que había terminado la comida, el frío era considerable, de la penumbra se había pasado a las más oscuras tinieblas y Klamm aún no aparecía.

—Aún puede tardar bastante —dijo repentinamente una voz ruda tan cerca de K que éste se estremeció. Era el cochero que, como si se hubiese despertado, se estiraba y bostezaba en voz alta.

—¿Que puede tardar bastante? —preguntó K, en cierto modo agradecido por sus palabras, pues el continuo silencio y la tensión comenzaban a ser desagradables.

—Hasta que usted se vaya —dijo el cochero.


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