El Castillo
El Castillo K no le comprendió, pero no siguió preguntando, creÃa que asà podÃa hacer hablar a ese tipo altanero. No responder en esa oscuridad era casi una provocación. Y, efectivamente, el cochero preguntó al poco rato:
—¿Quiere coñac?
—Sà —dijo K sin reflexionar, demasiado tentado por la oferta, pues estaba tiritando de frÃo.
—Entonces abra el trineo —dijo el cochero—, en la cartera lateral hay algunas botellas, tome una, beba y démela a mÃ. Me resulta muy problemático bajar a causa del abrigo de piel.