El Castillo

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A K le fastidió eso de tener que darle la botella, pero como ya había comenzado una conversación con el cochero, obedeció, aun con el peligro de ser sorprendido por Klamm en el interior del trineo. Abrió la amplia puerta y hubiera podido sacar en seguida la botella de la cartera situada en la parte lateral, pero se vio tan atraído por el interior, ahora que la puerta estaba abierta, que no pudo resistirse; sólo quería sentarse un instante. Se introdujo rápidamente. Era extraordinaria la calidez en el interior del trineo y así permaneció aunque la puerta, que K no se atrevía a cerrar, estaba abierta. No sabía si estaba sentado en un banco, tantas pieles, edredones y cojines había por doquier; uno podía estirarse y girar hacia todos los lados, siempre se hundía con suavidad y calor. Con los brazos extendidos y la cabeza apoyada en los cojines, que siempre estaban a mano, K miró desde el interior del trineo hacia la oscura casa. ¿Por qué Klamm tardaba tanto en bajar? Como ebrio por el calor después de la larga espera en la nieve, K deseó que Klamm llegase por fin. El pensamiento de que no debería ser visto por KIamm en esa situación sólo se hizo consciente de un modo difuso, como una silenciosa perturbación. En ese olvido se vio apoyado por la conducta del cochero, quien debía de saber que estaba en el interior del trineo y le dejaba allí sin ni siquiera reclamarle la botella de coñac. Eso era considerado, pero K quería hacerle el favor; torpemente, sin cambiar de postura, alcanzó la cartera lateral, pero no la de la puerta abierta, que estaba muy lejos, sino la que se encontraba detrás de él, en la cerrada, aunque daba igual, también en ésa había botellas. Sacó una, la abrió y olió el contenido, tuvo que reírse involuntariamente, el olor era tan dulce, tan acariciador, como si se oyera de alguien, a quien se ama mucho, alabanzas y buenas palabras, y sin saber con certeza de qué se trata, sin ni siquiera querer saberlo, sintiéndose sólo feliz con la conciencia de que esa persona amada es la que habla. «¿Será esto coñac?» —se preguntó K dubitativo y lo probó por curiosidad. Pues sí, era coñac, por extraño que pareciese, quemaba y daba calor. ¿Cómo era posible que al beberlo, algo que era portador de un dulce aroma se convirtiese en una bebida digna de un cochero? «¿Es posible?» —se preguntó K como haciéndose un reproche a sí mismo y volvió a beber.


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