El Castillo
El Castillo En ese momento —K estaba precisamente dando un largo trago a la botella—, se hizo la claridad, se encendió la luz eléctrica en el interior de la escalera, en el corredor, en el pasillo y sobre la entrada. Se oyeron pasos en la escalera, la botella se cayó de las manos de K y se derramó sobre una de las pieles. K saltó fuera del trineo; acababa de cerrar la puerta, lo que produjo un ruido estruendoso, cuando un señor salió lentamente de la casa. Lo único consolador es que no se trataba de Klamm, o ¿habÃa que lamentarse de que no lo fuera? Era el señor que K ya habÃa visto en la ventana del primer piso. Un señor aún joven, muy apuesto, rosado y blanco, pero muy serio. También K le miró con aire sombrÃo, pero con esa mirada aludÃa a sà mismo. Hubiera preferido arreglárselas para que los ayudantes se hubiesen comportado como él habÃa hecho, entonces habrÃan comprendido. El hombre aún callaba, como si no tuviera el aliento suficiente para hablar en su ancho pecho.
—Esto es terrible —dijo entonces, y alzó algo el sombrero sobre la frente.
¿Cómo? ¿El señor no sabÃa probablemente nada de la estancia de K en el interior del trineo y ya encontraba algo terrible? ¿Acaso encontraba terrible que K pudiese haber penetrado hasta el patio?
—¿Cómo ha llegado hasta aqu� —preguntó el señor en voz más baja, pero logrando ya respirar, entregándose a lo irrevocable.