El Castillo
El Castillo ¡Qué pregunta! ¿Qué podía responder? ¿Debía confirmar expresamente K que el camino comenzado con tantas esperanzas había sido en vano? En vez de responder, K se volvió hacia el trineo, lo abrió y recogió su gorro que había olvidado en el interior. Con desagrado notó cómo el coñac goteaba sobre el estribo.
Luego se dirigió de nuevo hacia el señor; ya no tenía ningún reparo en mostrarle que había estado en el trineo, tampoco era lo peor; si le preguntaba, aunque sólo en ese caso, no silenciaría que el mismo cochero le había inducido al menos a abrir la puerta. Lo realmente malo era en realidad que el señor le había sorprendido, que no había tenido el tiempo suficiente para esconderse de él para luego esperar a Klamm sin molestias o que no había tenido la suficiente presencia de ánimo para permanecer en el interior del trineo, cerrar la puerta, y allí esperar a Klamm entre las pieles, o al menos permanecer allí mientras ese señor se encontrase en las cercanías. Cierto, él no podía haber sabido si era realmente Klamm el que venía, en cuyo caso hubiese sido naturalmente mucho mejor haberle recibido fuera del trineo. Sí, había mucha materia para reflexionar, pero ya no, pues todo había acabado.
—Venga conmigo —dijo el señor, sin ordenar en un sentido estricto, aunque la orden no residía en las palabras, sino en un corto movimiento de la mano, intencionadamente indiferente, que las acompañaba.