El Castillo
El Castillo —Estoy esperando a alguien —dijo K, ya sin esperanzas de éxito, sólo por principio.
—Venga —dijo una vez más el señor impertérrito, como si quisiese mostrar que nunca habÃa dudado que K esperase a alguien.
—Pero entonces no encontraré a quien estoy esperando —dijo K con un estremecimiento del cuerpo. Pese a todo lo ocurrido tenÃa la sensación de que lo que habÃa conseguido hasta ese momento era una especie de posesión que, ciertamente, sólo mantenÃa de forma aparente pero que no debÃa renunciar a ella por una orden cualquiera.
—No le va a encontrar en ningún caso, tanto si se queda como si se va —dijo el señor, brusco al manifestar su opinión, pero llamativamente deferente respecto al proceso mental de K.
—Entonces prefiero no encontrarle esperándole —dijo K con obstinación; con toda seguridad no iba a dejarse expulsar de allà sólo por las palabras de ese joven. A continuación, el señor cerró un instante los ojos con una expresión de superioridad en el rostro, inclinado hacia arriba con arrogancia, como si quisiese que K entrase en razón; pasó la lengua por sus labios semiabiertos y le dijo al cochero:
—¡Desenganche los caballos!