El Castillo
El Castillo —Sà —dijo K—, soy forastero, ayer por la noche llegué a este lugar.
—¿No le gusta el castillo? —preguntó rápidamente el maestro.
—¿Cómo? —respondió K un poco confuso y repitió la pregunta de una forma más suave:
—¿Que si no me gusta el castillo? ¿Por qué supone que no me gusta?
—A ningún forastero le gusta —dijo el maestro.
Para no decir nada inapropiado, K cambió de conversación y dijo:
—¿Conoce al conde?
—No —dijo el maestro, y quiso alejarse, pero K no cedió y volvió a preguntar:
—¿Cómo? ¿No conoce al conde?
—¿Por qué tendrÃa que conocerlo? —preguntó el maestro en voz baja y añadió en voz alta en francés—: Tenga consideración con la presencia de niños inocentes.
K se creyó entonces con derecho a preguntar:
—¿PodrÃa visitarle, señor maestro? Permaneceré aquà largo tiempo y ya me siento un poco abandonado; no me identifico con los campesinos, y tampoco con los habitantes del castillo.
—Entre los campesinos y el castillo no hay ninguna diferencia —dijo el maestro.