El Castillo
El Castillo —Puede ser —dijo K—, pero eso no altera mi situación. ¿PodrÃa visitarle alguna vez?
—Vivo en la calle Schwannen, en la casa del carnicero.
Eso era más la información de una dirección que una invitación; no obstante K dijo:
—Bien, iré.
El maestro asintió con la cabeza y siguió su camino con los niños apiñados a su alrededor que ya habÃan reanudado su griterÃo. Al poco tiempo desaparecieron por una callejuela que descendÃa abruptamente.
K estaba preocupado, enojado por la conversación. Por primera vez desde su llegada se sentÃa realmente cansado. El largo camino hasta allà parecÃa no haberle afectado en nada —¡cómo habÃa caminado dÃa tras dÃa, tranquilamente, paso a paso!—; ahora, sin embargo, se mostraban las consecuencias de ese esfuerzo enorme, y a destiempo. Se sentÃa irresistiblemente impulsado a buscar nuevos conocidos, pero cada nuevo conocido aumentaba su fatiga. Si ese dÃa, en el estado en que se encontraba, se obligaba a prolongar su paseo al menos hasta la entrada del castillo, habrÃa hecho más que suficiente.