El Castillo
El Castillo Así que continuó su camino, pero era un largo camino. Además, la calle, esa calle principal del pueblo, no conducía al castillo, sólo pasaba cerca; después, sin embargo, como intencionadamente, torcía y, aunque no se distanciaba del castillo, tampoco se aproximaba a él. K siempre esperaba que la calle finalmente se dirigiese hacia el castillo y sólo fundándose en esa esperanza seguía avanzando; en apariencia dudaba en abandonar la calle a causa de su cansancio, también se quedó asombrado por la longitud del pueblo que no conocía fin, una y otra vez se sucedían las casuchas con las ventanas cubiertas de hielo, la nieve y la soledad; finalmente se apartó de esa calle y le acogió una callejuela estrecha, con una capa de nieve aún más profunda, donde sólo podía avanzar con gran esfuerzo al hundírsele los pies en el manto blanco; el sudor comenzó a correr por su frente; de repente se detuvo y ya no pudo seguir.
Bueno, no estaba aislado, a derecha e izquierda había casas de campesinos; hizo una bola de nieve y la arrojó contra una ventana. En seguida se abrió una puerta —la primera puerta que se abría durante toda la caminata por el pueblo— y un viejo campesino, con una chaqueta de piel de cordero, con la cabeza inclinada, apareció en el umbral, débil y amable.
—¿Puedo entrar un rato en su casa? —dijo K—, estoy muy cansado.