El Castillo
El Castillo No pudo oÃr lo que le dijo el anciano, aceptó agradecido que le colocasen una tabla, que le salvaran de la nieve y que con unos pasos se hallara en una sala.
Una gran sala en la penumbra. El que venÃa de fuera al principio no podÃa ver nada. K tropezó con un cubo y una mano femenina le retuvo. Desde una esquina llegaron los lloros de un niño pequeño, de otra se elevaba humo convirtiendo la penumbra en tinieblas, K parecÃa estar entre nubes.
—Pero si está borracho —dijo alguien.
—¿Quién es usted? ¿Por qué lo has dejado entrar? —se oyó que decÃa una voz dominante dirigida al anciano—. ¿Acaso se puede dejar entrar a cualquiera que se arrastre por las calles?
—Soy el agrimensor del condado —dijo K, intentando asà justificarse ante la persona aún invisible que habÃa hablado.
—¡Ah!, es el agrimensor —dijo una voz femenina y luego siguió un completo silencio.
—¿Me conocen? —preguntó K.
—Claro que sà —dijo brevemente la misma voz.
El hecho de que le conocieran no le pareció ninguna recomendación.