El Castillo

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—Sí, claro. Como usted ha abandonado su puesto de vigilancia, Klamm ya ha podido partir. Resulta maravilloso lo sensible que es el señor. ¿No notó, señora posadera, lo intranquilo que miraba Klamm a su alrededor?

La posadera no pareció haberlo observado, pero el señor continuó:

—Bueno, afortunadamente, ya no se podía ver nada más, el cochero borró las huellas en la nieve.

—La señora posadera no ha advertido nada —dijo K—, pero no dijo eso a causa de alguna esperanza, sino sólo irritado por la afirmación del señor que había querido sonar tan conclusiva e inapelable.

—Quizá no estaba en ese preciso instante en el ojo de la cerradura —dijo la posadera al principio para proteger al señor, pero después también quiso otorgarle su derecho a Klamm y añadió:





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