El Castillo

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—Por lo demás, no creo que Klamm sea tan sensible. Es cierto que tememos por él e intentamos protegerle y por eso partimos de una extremada sensibilidad de Klamm. Eso está bien así y con seguridad también es la voluntad de Klamm. Pero cómo sea en realidad, no lo sabemos. Está claro que Klamm jamás hablará con alguien con quien no quiera hablar, por mucho que se esfuerce ese alguien y por muy insoportable que sea su intromisión, pero sólo ese hecho, que Klamm jamás hablará con él, que jamás dejará que aparezca en su presencia, basta, ¿por qué no podría soportar en realidad la mirada de cualquiera?

El señor asintió con insistencia.

—Esa es también, naturalmente, mi opinión —dijo—, si me he expresado de un modo algo diferente ha sido para que el señor agrimensor me comprendiese. Cierto es, sin embargo, que Klamm, en cuanto salió, miró varias veces a su alrededor.

—Quizá me ha buscado —dijo K.

—Es posible —dijo el señor—, en eso no había caído.

Todos se rieron, Pepi, que apenas entendía de qué hablaban, con más fuerza que los demás.

—Ahora que estamos todos reunidos y tan alegres —dijo entonces el señor—, le pediría al señor agrimensor que me ayudase a completar mis actas con algunos datos.


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