El Castillo
El Castillo De repente, sin embargo, la posadera oyó algo y se quedó inmóvil, concentrándose en la escucha, mirando al vacío. K se volvió, no oyó nada especial, tampoco los otros parecían oír nada, pero la posadera anduvo de puntillas con pasos cortos hacia la puerta detrás de ella que conducía al patio, miró por el ojo de la cerradura, se volvió hacia los demás con los ojos muy abiertos y el rostro sofocado, hizo un gesto con la mano hacia donde estaban y entonces miraron alternativamente, la posadera la mayor parte del tiempo, también Pepi tuvo su turno, y el señor se mostró en comparación el más indiferente. Pepi y el señor regresaron pronto, sólo la posadera seguía mirando con esfuerzo, muy inclinada, casi de rodillas, parecía como si quisiese conjurar al ojo de la cerradura para que la dejase pasar a través de él, pues ya hacía tiempo que no se podía ver nada. Cuando finalmente se irguió, se pasó las manos por el rostro, se arregló el cabello despeinado, tomó aire y su vista aparentemente se habituó a la habitación y a los presentes,—aunque lo hizo en contra de su voluntad. K, no para que le confirmasen algo que ya sabía, sino para anticiparse a un ataque, que ya temía, tan vulnerable era ahora, dijo:
—¿Entonces ya se ha ido Klamm?
La posadera pasó por su lado sin decir una palabra, pero el señor dijo desde la mesita: