El Castillo
El Castillo —Señor agrimensor —se injirió la posadera—, me guardaré mucho de seguir aconsejándole; con mis anteriores consejos, los más benevolentes que puede haber, he sido rechazada por usted con la mayor groserÃa y he venido ha hablar con el secretario —no tengo nada que ocultar para informar a la administración de su conducta y de sus intenciones, asà como para impedir en el futuro que usted sea alojado de nuevo en mi posada; asà están las cosas entre nosotros y ya no se puede cambiar nada, y si ahora digo mi opinión, no lo hago para ayudarle a usted, sino para facilitar en algo la difÃcil tarea del señor secretario consistente en tratar con un hombre como usted. No obstante, y debido a mi completa sinceridad —con usted no puedo hablar sino con sinceridad y aun asà ocurre en contra de mi voluntad—, también usted puede sacar provecho de mis palabras, siempre que quiera. En este caso le advierto de que el único camino que conduce a Klamm pasa por las actas del señor secretario. Pero no quiero exagerar, quizá el camino no conduzca a Klamm, quizá se interrumpa antes de llegar a él, sobre eso decide el secretario según su arbitrio. En todo caso es el único camino que, al menos para usted, va en la dirección de Klamm. ¿Y usted quiere renunciar a este único camino por ningún otro motivo que por obstinación?