El Castillo

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X. EN LA CALLE

K salió a la escalera exterior azotada por el fuerte viento y miró hacia la oscuridad. Un tiempo malo, malísimo. De alguna manera, en consonancia con él se acordó de cómo la posadera se había esforzado en que se plegase al interrogatorio y cómo había logrado resistirse. No había sido ningún esfuerzo externo, en secreto le había alejado del acta, al final no sabía si había resistido o se había resignado. Una naturaleza intrigante, aparentemente trabajando sin sentido como el viento, según encargos lejanos y extraños de los que nunca se tenía noticia.

Apenas había caminado unos pasos por la carretera cuando vio en la lejanía dos luces oscilantes. Ese signo de vida le alegró y se apresuró a llegar hasta ellas, que también venían a su encuentro. No supo por qué se sintió tan decepcionado al reconocer a los dos ayudantes que marchaban hacia él, probablemente los había enviado Frieda, y los faroles que le liberaban de las tinieblas haciendo ruido a su alrededor eran de su propiedad; no obstante, estaba decepcionado, había esperado encontrarse con algún extraño, no con esos viejos conocidos que le resultaban una carga. Pero no sólo venían los ayudantes, de la oscuridad, entre ellos, surgió Barnabás.

—¡Barnabás! —exclamó K, y le ofreció su mano—. ¿Me buscabas?


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