El Castillo

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La sorpresa del encuentro le hizo olvidar al principio el enojo que le causó una vez.

—Sí —dijo Barnabás con el mismo tono amable de siempre—, y con una carta de Klamm.

—¡Una carta de Klamm! —dijo K alzando la cabeza y tomando deprisa la carta de la mano de Barnabás—. ¡Iluminad! —le dijo a los ayudantes que se apretaban contra él a derecha e izquierda y levantaban los faroles.

K tuvo que doblar repetidas veces el gran pliego de la carta para protegerlo del viento. A continuación leyó: «¡Al agrimensor en la posada del puente! Los trabajos de agrimensura que ha realizado hasta el presente son dignos de mi reconocimiento. También los trabajos de los ayudantes son dignos de alabanza. Sabe estimularlos muy bien a trabajar. ¡No desmaye en su celo profesional! ¡Conduzca sus trabajos a un buen fin! Una interrupción me enojaría. Por lo demás, esté confiado, la cuestión salarial se decidirá en breve. No le pierdo de vista».

K dejó de mirar la carta cuando los ayudantes, lectores más lentos, gritaron tres hurras para celebrar las buenas noticias e hicieron oscilar los faroles.

—Calma —dijo, y dirigiéndose a Barnabás—: Es un malentendido.

Barnabás no le comprendió.

—Es un malentendido —repitió K.


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