El Castillo

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Así, K garabateó en un papel sobre la espalda de uno de los ayudantes, mientras el otro iluminaba, pero K pudo escribirlo según el dictado de Barnabás que lo había memorizado todo y lo repetía como un escolar, sin preocuparse del texto erróneo que los ayudantes le intentaban soplar.

—Tu memoria es extraordinaria —dijo K, y le dio el papel—, ahora, por favor, muéstrate extraordinario en el resto. ¿Y los deseos? ¿No tienes ninguno? Te digo sinceramente que me tranquilizaría, respecto al destino de mi mensaje, si tuvieras alguno.

Al principio Barnabás permaneció callado, luego dijo:

—Mis hermanas te envían saludos.

—Tus hermanas —dijo K—, sí, esas jóvenes fuertes y altas.

—Las dos te envían un saludo, pero especialmente Amalia —dijo Barnabás—, hoy me ha traído esta carta del castillo para ti.

Interesado en esta información, K preguntó:

—¿No podría llevar ella también mi mensaje al castillo? ¿O no podríais ir los dos juntos y buscar suerte cada uno por su lado?

—Amalia no puede entrar en las oficinas —dijo Barnabás—, si no lo haría encantada.


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