El Castillo
El Castillo K había escuchado tenso y con la boca cerrada, la leña debajo de él había rodado, casi había resbalado hasta el suelo, no se había dado cuenta, sólo ahora lo percibió; se levantó y se sentó en la tarima, allí tomó la mano de Frieda, que intentó eludirlo débilmente, y dijo:
—En el informe no he podido distinguir la opinión de la posadera de la tuya.