El Castillo
El Castillo Amalia se apoyó en un codo, no sabía nada de una novia. K mencionó su nombre, pero Amalia no la conocía. Preguntó si Olga sabía algo de ese noviazgo, K así lo creía, Olga le había visto ya con Frieda, también se difunden rápidamente esas noticias por el pueblo. Amalia, sin embargo, le aseguró que no sabía nada y que eso la haría muy desgraciada, pues Olga parecía amar a K. No había hablado abiertamente de ello, porque era muy reservada, pero traicionaba involuntariamente su amor. K estaba convencido de que Amalia se equivocaba. Amalia sonrió y esa sonrisa, aunque era triste, iluminó su rostro sombrío y concentrado, hizo que hablara su silencio, hizo confiada la extrañeza, era la revelación de un secreto hasta ahora bien guardado del que, si bien podía retractarse otra vez, ya nunca podría hacerlo del todo. Amalia dijo que estaba segura de no equivocarse, sí, incluso sabía más, también sabía que K sentía cierta inclinación por Olga y que sus visitas, que tenían como pretexto los mensajes de Barnabás, en realidad tenían como finalidad ver a Olga. Pero ahora que Amalia lo sabía todo, no tenía ya por qué tomárselo con tanta severidad y podía venir con más frecuencia. Sólo eso había querido decirle. K sacudió la cabeza y recordó su noviazgo. Amalia no pareció desperdiciar muchos pensamientos con ese noviazgo, la impresión directa de K, ahora, solo ante ella, era lo decisivo; se limitó a preguntar cuándo había conocido a esa joven, pues hacía pocos días que estaba en el pueblo. K le contó la noche en la posada de los señores, por lo que Amalia dijo brevemente que ella había estado en contra de que le condujesen a la posada de los señores. Llamó a Olga como testigo quien precisamente entraba en ese momento con un montón de leña en un brazo, con la tez fresca curtida por el frío, vivaz y fuerte, como transformada por el trabajo en contraste con su presencia en la habitación el día anterior, más apagada. Dejó la leña, saludó despreocupada a K y preguntó en seguida por Frieda. K se comunicó con Amalia mediante una mirada pero ella no se consideró rebatida. Un poco irritado por ello, K habló más detalladamente de Frieda de lo que en otro caso habría hecho, entre otras cosas describió en qué condiciones tan difíciles tenía que conducir una especie de hogar en la escuela y, con la premura por contarlo, se olvidó de sí mismo de tal manera —quería irse en seguida a casa— que como despedida invitó a las hermanas a visitarle. Pero entonces se asustó y dejó de hablar, mientras Amalia en seguida, sin darle tiempo para decir una palabra, aceptó su invitación, y Olga se sumó. K, sin embargo, aún presionado por el pensamiento de la necesidad de una despedida urgente y sintiéndose inquieto bajo la mirada de Amalia, no dudó en reconocer, sin ambages, que la invitación había sido precipitada y sólo obedecía a sus sentimientos personales, pero que por desgracia no la podía mantener, ya que entre Frieda y la familia de Barnabás existía una incomprensible enemistad.