El Castillo
El Castillo —¿Cómo podrÃa explicarlo? —dijo Olga—. Amalia no se preocupa ni de Barnabás ni de mÃ; en realidad no se preocupa de nadie salvo de nuestros padres, los cuida noche y dÃa, ahora les ha preguntado si deseaban algo y se ha ido a la cocina para prepararles la comida, por ellos ha superado su cansancio y se ha levantado, pues desde el mediodÃa se siente mal y está aquà echada en el banco. Pero, a pesar de que no se preocupa por nosotros, dependemos de ella como si fuese la mayor, y si nos aconsejara en nuestras cosas, seguirÃamos con toda seguridad sus consejos, pero no lo hace, le somos extraños. Tú tienes mucha experiencia con los hombres, vienes de fuera, ¿no te parece especialmente inteligente?
—Me parece especialmente triste —dijo K—, pero ¿cómo puede ser compatible con vuestro respeto por ella que, por ejemplo, Barnabás cumpla un servicio de mensajero que Amalia desaprueba o tal vez, incluso, desprecia?
—Si supiera que otra cosa podrÃa hacer, abandonarÃa inmediatamente el servicio de mensajero que no le satisface nada.
—¿No es zapatero? —preguntó K.
—SÃ, claro —dijo Olga—, él trabaja de vez en cuando para Brunswick y si quisiera tendrÃa trabajo noche y dÃa y ganarÃa bastante.
—Bueno —dijo K—, entonces tendrÃa algo que podrÃa sustituir el servicio de mensajero.