El Castillo

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—No me resulta fácil —dijo K— conmover la confianza que tienes en tu hermano, pues ya veo cómo le quieres y lo que esperas de él. Pero debo hacerlo, incluso en interés de tu amor y de tus esperanzas. Pues mira, una y otra vez te impide algo —no sé lo que es— que reconozcas lo que Barnabás no ha logrado pero que se le ha regalado. Puede ir a las oficinas o, si tú lo quieres, puede entrar en una antesala, bueno, pues sí, en una antesala, pero allí hay puertas que conducen a otras estancias, así como barreras que se pueden atravesar cuando se tiene la habilidad para ello. Para mí, por ejemplo, esa antesala permanece inaccesible, al menos provisionalmente. No sé con quién habla Barnabás allí, tal vez ese escribiente sea el más bajo de los sirvientes, pero aun cuando sea el más bajo, puede conducir a su inmediato superior y si no puede conducir hasta él, al menos le puede mencionar y, si no le puede mencionar, podrá indicar a alguien que lo pueda mencionar. El supuesto Klamm puede que no tenga nada en común con el real, la similitud sólo puede existir en los ojos ciegos por la excitación de Barnabás, puede que él sea el más ínfimo de los funcionarios, puede que ni siquiera sea funcionario, pero algún cometido tiene que tener en ese pupitre, algo lee en su libraco, algo murmura al oído del escribiente, en algo piensa cuando dirige su mirada tras largo tiempo a Barnabás, y aun cuando nada de eso sea verdad y sus actos no signifiquen nada, alguien le habrá puesto allí y lo habrá hecho con alguna intención. Con todo esto quiero decir que en ello hay algo, algo que se ofrece a Barnabás, al menos algo, y que sólo es culpa de Barnabás si no puede alcanzar nada salvo miedo, dudas y desesperación. Y en todo esto he partido del caso más desfavorable, que es incluso el más improbable. Pues tenemos las cartas en la mano, en las que no confío mucho, pero más que en las palabras de Barnabás. _Puede también que sean cartas anticuadas y sin valor, que se han sacado de un montón de cartas igual de anticuadas y sin valor, seleccionando a la buena de Dios y reflexionando tan poco como un canario en una feria empleado para que pique una papeleta de tómbola, puede que sea así, pero esas cartas tienen al menos una relación con mi trabajo, están dirigidas visiblemente a mí, aunque no estén destinadas a serme útiles; como testimoniaron el alcalde y su esposa, eran de puño y letra de Klamm y poseen, una vez más según el alcalde, una gran importancia, si bien sólo privada y poco transparente.


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