El Castillo
El Castillo —SÃ, veneración —dijo Olga—, sÃ, y también oÃmos de él. A la mañana siguiente nos despertó de nuestro sueño festivo un grito de Amalia, los demás volvieron a dormirse, pero yo estaba completamente despierta y corrà hacia ella, estaba al lado de la ventana y sostenÃa una carta en la mano que un hombre le acababa de entregar a través de la ventana, el hombre esperaba una respuesta. Amalia ya la habÃa leÃdo —era corta— y la mantenÃa en una de sus manos, bajada y lánguida; cómo la amaba siempre que estaba tan cansada. Me agaché a su lado y leà la carta. Apenas habÃa terminado de leerla, Amalia, después de dirigirme una rápida mirada, la cogió, pero no la quiso leer otra vez, sino que la rompió y arrojó los trozos al rostro del hombre que esperaba fuera y cerró la ventana. Ésa fue aquella decisiva mañana. La llamo decisiva, pero todo instante de la tarde anterior fue igual de decisivo.
—Y ¿qué decÃa la carta? —preguntó K.