El Castillo

El Castillo

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—¡Ah!, sí, aún no lo he contado —dijo Olga—; la carta era de Sortini, e iba dirigida a la joven con el collar de granates. No puedo reproducir el contenido. Era un requerimiento para que fuese a su habitación en la posada de los señores y, además, Amalia tenía que ir en seguida, pues Sortini tenía que partir en una media hora. La carta estaba escrita con las expresiones más vulgares que he oído y sólo pude deducir la intención del conjunto. Quien no conociera a Amalia y sólo hubiese leído esa carta, consideraría deshonrada a la muchacha a la que alguien había tenido la osadía de escribir así, por más que a ella ni siquiera la hubiesen rozado. Y no era ninguna carta de amor, en ella no había ninguna palabra lisonjera, más bien Sortini estaba enojado por el hecho de que le hubiese afectado tanto la visión de Amalia y de que le hubiese distraído de sus asuntos. Más tarde nos lo explicamos de la siguiente manera: era probable que Sortini hubiese querido llegar al castillo, pero sólo a causa de Amalia se quedó en el pueblo, y por la mañana, furioso porque durante la noche no había logrado olvidarse de Amalia, había escrito la carta. Al principio uno tenía que escandalizarse con la carta, incluso quien tuviese la sangre más fría, pero después, en otra persona que no fuese Amalia, habría prevalecido el miedo por el tono amenazador, en Amalia, en cambio, prevaleció el enojo. Ella no conoce el miedo, ni para ella ni para los demás. Y mientras yo me refugiaba en la cama y me repetía la frase final interrumpida: «o vienes ahora mismo o…», Amalia permaneció en el banco al lado de la ventana y miró hacia afuera como si esperara a otros mensajeros y estuviese dispuesta a tratarlos como al primero.


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