El Castillo
El Castillo —¿Son esas grandes diferencias? —preguntó Olga—. ¿Acaso no crees que Klamm pudo escribirle una carta similar a Frieda? Cuando los señores se levantan del escritorio son asÃ, no saben orientarse en el mundo; en su despreocupación dicen las cosas más groseras, no todos, pero muchos. La carta a Amalia pudo haber sido plasmada en el papel de forma irreflexiva y en completa despreocupación por lo escrito. ¡Qué sabemos nosotros de los pensamientos de los señores! ¿Acaso no has escuchado tú mismo o has oÃdo contar el tono que Klamm empleaba con Frieda? De Klamm se sabe que es muy grosero, al parecer no habla nada durante horas y de repente dice tal groserÃa que uno se estremece. De Sortini, sin embargo, no se sabe nada parecido, quizá porque es un completo desconocido. En realidad de él sólo se sabe que su nombre es muy similar al de Sordini; si no existiese esa similitud de nombres, probablemente no se le conocerÃa. También como especialista en servicios contra incendios se le confunde probablemente con Sordini, quien es el verdadero especialista y que se aprovecha de la similitud de los nombres para cargar sobre Sortini los deberes de representación y asà no ser molestado en su trabajo. Pero si un hombre tan torpe en los asuntos mundanos como Sortini se enamora repentinamente de una joven del pueblo, la manifestación de ese sentimiento adopta otras formas que si se enamora el aprendiz de carpintero de la esquina. También hay que tener en cuenta que entre un funcionario y la hija de un zapatero existe una gran distancia que debe superarse de alguna manera; Sortini lo intentó de esa manera, otros podrán hacerlo de otra. Cierto es que se dice que todos pertenecemos al castillo y que no existe ninguna distancia y por lo tanto que no hay nada que superar y eso quizá sea verdad por regla general, pero por desgracia hemos tenido la oportunidad de ver que, cuando realmente llega la hora de la verdad, no es asÃ. En todo caso, después de lo expuesto la actuación de Sortini te resultará más comprensible y menos terrible y, en realidad, si se compara con la de Klamm, mucho más comprensible aún e incluso cuando se ha estado involucrado, más soportable. Cuando Klamm escribe una carta de amor es más desagradable que la carta más grosera de Sortini. Compréndeme bien, aquà no me aventuro a enjuiciar a Klamm, me limito a comparar, ya que tú rechazas la comparación. Klamm es como un comandante con las mujeres, ordena a una o a otra que vayan, no tolera ningún retraso y asà como ordena que vengan, ordena que se vayan. ¡Ay!, Klamm ni siquiera harÃa el esfuerzo de escribir una carta. Y en comparación con esto sigue siendo horrible que Sortini, que vive completamente retirado y cuyas relaciones con las mujeres son al menos desconocidas, se siente una vez y escriba con su bella caligrafÃe de funcionario una carta repugnante. Y si de esta circunstancia no resulta ninguna diferencia a favor de Klamm, sino todo lo contrario, ¿acaso deberÃa hacerlo el amor de Frieda? La relación de las mujeres con los funcionarios es, créeme, muy difÃcil o, más bien, muy fácil de enjuiciar. Aquà nunca falta amor. No hay un amor funcionarial desgraciado. A este respecto no supone ninguna alabanza cuando se dice de una muchacha —aquà no hablo, ni mucho menos, sólo de Frieda— que ella se entregó al funcionario porque le amaba. Ella le amaba y se ha entregado a él, asà ha sido, pero en ello no hay nada que alabar. Amalia, sin embargo, no ha amado a Sortini, objetas. Bueno, no le ha amado, pero a lo mejor sà que le ha amado, ¿quién puede decidir? Ni siquiera ella misma. ¿Cómo puede creer haberle amado cuando le ha rechazado con tanta fuerza, como probablemente no ha sido rechazado ningún funcionario? Barnabás dice que aún tiembla por el movimiento con que hace tres años cerró la ventana. Eso también es verdad y por eso no se le puede preguntar acerca de ello; ha terminado con Sortini, y sólo sabe eso; si le ama o no, eso no lo sabe. Nosotros, sin embargo, sabemos que las mujeres no pueden hacer otra cosa que amar a los funcionarios cuando ellos las miran, sÃ, incluso aman a los funcionarios ya desde antes, por mucho que quieran negarlo, y Sortini no sólo miró a Amalia, sino que saltó el pértigo cuando la vio, y lo saltó con sus articulaciones rÃgidas debido a su trabajo sedentario. Pero tú dirás que Amalia es una excepción. SÃ, eso es lo que es, eso lo demostró cuando se negó a ir con Sortini, ésa es suficiente excepción; pero que además no amase a Sortini, eso ya es casi demasiada excepción, eso serÃa ya inimaginable. Aquella tarde nos quedamos completamente cegados, pero que a través de toda la niebla creyésemos percibir algo del enamoramiento de Amalia muestra un poco de sentido. Ahora bien, cuando se confrontan todos estos datos, ¿qué diferencia queda entre Frieda y Amalia? Sólo que Frieda hizo lo que Amalia se negó a hacer.