El Castillo
El Castillo —¿He hablado tan mal de Frieda? —dijo Olga—, no lo pretendÃa y tampoco creo haberlo hecho, aunque es posible, nuestra situación es tal que nos enemistamos con todo el mundo, y si comenzamos a lamentarnos, esos lamentos nos arrastran y no sabemos adónde nos llevan. También tienes razón ahora, hay una gran diferencia entre nosotros y Frieda y es bueno acentuarla por un momento. Hace tres años éramos jóvenes pequeñoburguesas y Frieda era la huérfana, criada en la posada del puente; pasábamos a su lado sin dedicarle una mirada, seguramente éramos demasiado orgullosas, pero asà nos habÃan educado. Pero en la noche que estuviste en la posada de los señores pudiste darte cuenta del actual estado de las cosas: Frieda con el látigo en la mano y yo con los criados. Pero es aún peor. Frieda puede despreciarnos, eso corresponde a su posición, las circunstancias reales obligan a ello. ¡Pero quién no nos desprecia! Quien se decide a despreciarnos, no hace más que sumarse a la gran mayorÃa. ¿Conoces a la sucesora de Frieda? Se llama Pepi. La conocà hace dos dÃas, hasta entonces era una criada. Ella supera con certeza a Frieda en desprecio hacia mÃ. Me vio desde la ventana cómo venÃa a recoger la cerveza, corrió hacia la puerta y la cerró, tuve que suplicarle largo tiempo y prometerle el lazo que llevaba en el pelo antes de que me abriera. Pero cuando se lo di, lo arrojó a un rincón. Bueno, puede despreciarme, en parte dependo de su benevolencia y ella es la dependienta en la taberna de la posada de los señores, aunque también es cierto que sólo lo es provisionalmente y no tiene las cualidades necesarias para ser contratada allà por tiempo indefinido. Sólo hay que oÃr cómo el posadero habla con Pepi y comparar cómo hablaba con Frieda. Pero eso tampoco impide a Pepi despreciara Amalia, a Amalia, cuya mirada bastarÃa para sacar tan rápidamente de la habitación a la pequeña Pepi con todas sus trenzas y borlas como nunca podrÃa conseguirlo con sus piernas cortas y gordas. Qué cotilleo más indignante tuve que oÃr ayer sobre Amalia, hasta que los clientes se ocuparon de mà de la forma que tú ya viste.