El Castillo
El Castillo —Influencia del castillo —repitió Amalia que acababa de entrar del patio, los padres hacÃa ya tiempo que se habÃan acostado—. ¿Contáis historias del castillo? ¿Aún estáis ahà sentados? Y tú, K, querÃas haberte despedido en seguida, y ya son casi las diez. ¿Te importan algo esas historias? Aquà hay personas que se alimentan de esas historias, se sientan juntas, como vosotros, y se estimulan recÃprocamente a hablar, pero no me parece que tú seas una de esas personas.
—Sà lo soy —dijo K—, precisamente soy una de ellas, pero al contrario que otras que no se preocupan de esas historias y dejan inquietarse a los demás, a mà no me impresionan demasiado.
—Bueno —dijo Amalia—, pero el interés de la gente es muy diferente; una vez oà de un joven que estaba obsesionado con el castillo, pensaba en él dÃa y noche, todo lo demás lo descuidaba, se temÃa por su capacidad para realizar las cosas de la vida ordinaria, pues su mente siempre estaba en el castillo, pero al cabo resultó que en realidad sus pensamientos no tenÃan por objeto el castillo, sino la hija de una criada de las oficinas, la consiguió y todo volvió a la normalidad.
—Ese hombre me caerÃa bien, creo —dijo K.