El Castillo
El Castillo —Es posible —dijo Olga—, pero entonces es peor, pues el funcionario está ocupado en asuntos tan importantes que los expedientes son demasiado valiosos o demasiado voluminosos para poder llevarlos consigo, esos funcionarios avanzan al galope. En todo caso, para nuestro padre, ninguno de ellos tuvo tiempo. Y, además, hay varias carreteras que llevan al castillo. De repente una se pone de moda, entonces la mayorÃa utiliza ésa, luego se pone otra, y todos quieren circular por ella. Aún no se sabe mediante qué reglas se produce ese cambio. A las ocho de la mañana todos van por una carretera, una media hora después, todos por otra, diez minutos más tarde, por una tercera, una media hora después quizá otra vez por la primera y por ella se sigue circulando durante todo el dÃa, pero en cualquier instante existe la posibilidad de un cambio. Aunque en las proximidades del pueblo convergen todas las carreteras en una, por ella los coches pasan a toda velocidad, mientras que en las cercanÃas del castillo la velocidad es moderada. Pero asà como el tráfico respecto a las carreteras no obedece a ninguna regla y resulta impredecible, lo mismo ocurre con el número de los coches. Con frecuencia hay dÃas en los que no pasa un solo coche, pero luego sigue un dÃa en el que circula un gran número de ellos. Y ahora imagÃnate a nuestro padre en la carretera. Todas las mañanas, con su mejor traje, que es lo único que le quedaba, salÃa de la casa acompañado de nuestras bendiciones. Se llevaba un pequeño distintivo del cuerpo de bomberos que ha conservado injustamente y se lo ponÃa en cuanto salÃa del pueblo, en él tiene miedo de mostrarlo a pesar de que es muy pequeño y de que apenas se puede distinguir a dos pasos de distancia, pero según la opinión de nuestro padre deberÃa servir para llamar la atención de los funcionarios sobre él. No muy lejos de la entrada al castillo hay un establecimiento de horticultura, pertenece a un tal Bertuch, que suministra hortalizas al castillo, allÃ, en el delgado borde de la base que sustentaba la verja del huerto, escogió nuestro padre su sitio. Bertuch lo toleró porque habÃa tenido amistad con mi padre y también habÃa pertenecido a sus clientes más fieles; por lo demás, él tiene un pie deforme y creÃa que sólo nuestro padre era capaz de hacerle un zapato que se adaptara perfectamente a su defecto. Asà que allà permanecÃa nuestro padre sentado, dÃa tras dÃa; fue un otoño lluvioso, pero el tiempo le era completamente indiferente, por la mañana, a una hora determinada, tenÃa la mano en el picaporte de la puerta y nos hacÃa señal de despedida, por la noche regresaba empapado, parecÃa como si se fuese encorvando cada vez más, y se arrojaba en el rincón. Al principio nos contaba sus pequeños acontecimientos, por ejemplo que Bertuch por compasión y en recuerdo de su antigua amistad le habÃa arrojado una manta sobre la verja, o que en los coches que pasaban habÃa creÃdo reconocer a tal o cual funcionario o que de vez en cuando algún cochero le reconocÃa y le rozaba con el látigo de broma. Más tarde dejó de contar esas cosas, era evidente que ya no tenÃa esperanzas de lograr nada, simplemente consideraba su deber, su aburrida profesión, irse hasta allà y pasar el dÃa. Entonces comenzaron sus dolores reumáticos, el invierno se acercaba, cayó nieve antes de lo esperado, aquà el invierno comienza muy pronto, y se tuvo que sentar sobre la piedra mojada o sobre la nieve. Por la noche gemÃa por los dolores, por las mañanas a veces se sentÃa inseguro de si debÃa salir, pero lograba superarse y partÃa. Nuestra madre se aferraba a él y no querÃa dejarle marchar, él, tal vez angustiado por sus desobedientes miembros, le permitÃa acompañarle, asà que también nuestra madre comenzó a sufrir dolores. Con frecuencia estábamos con ellos, les llevábamos comida o simplemente les hacÃamos una visita, otras veces intentábamos convencerles para que regresasen; cuántas veces les encontramos allà acurrucados, abrazándose en la estrechez de su asiento, tapados con una delgada manta que apenas los cubrÃa, rodeados sólo de nieve y niebla y dÃas enteros sin ningún ser humano ni ningún coche hasta donde alcanzaba la vista. ¡Qué visión!, K, ¡qué visión! Hasta que una mañana las piernas rÃgidas de nuestro padre ya no le pudieron sacar de la cama; estaba desconsolado, en su delirio creÃa ver cómo paraba un coche al lado del establecimiento de Bertuch, bajaba un funcionario, buscaba en la verja a nuestro padre y sacudiendo la cabeza y enojado regresaba al coche. Nuestro padre emitÃa tales gritos como si quisiera llamar la atención del funcionario desde allà abajo y explicarle que se habÃa ausentado sin culpa. Y fue una larga ausencia, ya no regresó más, tuvo que permanecer semanas enteras en la cama. Amalia asumió su cuidado, el tratamiento, todo, y asà ha seguido con pausas hasta ahora. Ella conoce hierbas medicinales que tranquilizan los dolores, apenas necesita dormir, nada le asusta, no teme a nada, jamás se muestra impaciente, ella realizó todo el trabajo relativo a nuestros padres; mientras nosotros, en cambio, sin poder ayudar en nada, rondábamos intranquilos, ella se mantenÃa en todo frÃa y silenciosa. Una vez que hubo transcurrido lo peor y nuestro padre, cuidadosamente y apoyado a izquierda y derecha, logró salir de la cama, Amalia volvió a retirarse en seguida y nos lo dejó a nosotros.