El Castillo
El Castillo Entonces se trataba de encontrar cualquier ocupación a nuestro padre de la que aún fuera capaz, algo que al menos mantuviese en él la creencia de que servÃa para liberar a la familia de la culpa. Encontrar algo semejante no era difÃcil, en el fondo todo podÃa ser tan útil como sentarse ante el huerto de Bertuch, pero yo encontré algo que incluso a mà me dio una esperanza. Siempre que en los organismos de la administración o entre los escribientes se hablaba de nuestra culpa, se mencionaba la ofensa al mensajero de Sortini, nadie osaba llegar más lejos. Bueno, me dije, si la opinión pública, aunque sólo sea en apariencia, únicamente sabe de la ofensa al mensajero, todo se podrÃa arreglar, al menos en apariencia, si nos pudiésemos reconciliar con el mensajero. No se habÃa presentado ninguna denuncia, como nos explicaron, el asunto aún no estaba en manos de la administración, asà que dependÃa enteramente del mensajero, de su persona, pues sólo se trataba del hecho de perdonarnos. Todo eso podÃa no tener ninguna importancia decisiva, era sólo apariencia y podÃa ser que no diese ningún resultado, pero a nuestro padre le alegrarÃa y podrÃa resarcirse algo con los informadores que tanto le habÃan atormentado. Primero, ciertamente, habÃa que encontrar al mensajero. Cuando le conté mi plan a nuestro padre, al principio se enojó mucho, se habÃa vuelto muy caprichoso, en parte creÃa, lo que se desarrolló durante su enfermedad, que le habÃamos impedido lograr el éxito final, primero al interrumpir el suministro de dinero, luego al mantenerle en la cama, en parte también porque ya era incapaz de asumir pensamientos ajenos. No habÃa terminado de contárselo, cuando ya habÃa rechazado mi plan; según su opinión, tenÃa que seguir esperando ante el huerto de Bertuch y como ya no serÃa capaz de ir diariamente, le tendrÃamos que llevar en la carretilla. Pero yo no cejé y poco a poco se fue reconciliando con la idea, lo único que le molestaba de ella era que en ese asunto dependÃa completamente de mÃ, pues sólo yo habÃa visto al mensajero aquella mañana, él no le conocÃa. Cierto, un sirviente se asemeja al otro, y no estaba muy segura de poder reconocerle otra vez. Comenzamos a frecuentar la posada de los señores y a buscar entre el servicio que solÃa aparecer por allÃ. HabÃa sido un criado de Sortini y Sortini ya no volvió a bajar al pueblo, pero los señores cambian con frecuencia de sirvientes, se le podÃa encontrar en el grupo de otro señor y si no se le podÃa encontrar al menos se podrÃa averiguar algo preguntando a los otros sirvientes. Para esto, sin embargo, habÃa que pasar todas las noches en la posada y la gente no se encontraba a gusto en nuestra presencia, menos en un lugar como ése; como clientes que pagan no podÃamos aparecer. Pero resultó que nos podÃan necesitar, ya sabes el tormento que suponÃa la servidumbre para Frieda, en el fondo se trata de gente tranquila, mal acostumbrada por un servicio fácil y holgazana, «¡que te vaya como a un sirviente!», reza una de las bendiciones de los funcionarios y en efecto, en lo que respecta a la buena vida, los sirvientes son los auténticos señores en el castillo; ellos también saben apreciarlo en lo que vale y en el castillo, donde se mueven según sus propias leyes, son silenciosos y dignos, eso me lo han confirmado con frecuencia y también aquÃ, entre los sirvientes, se encuentran restos de ello, pero sólo restos, en lo demás, como las leyes del castillo no poseen una validez completa en el pueblo, parecen transformados, se convierten en un grupo salvaje e insubordinado, sin que sus instintos insaciables queden dominados por las leyes. Su desvergüenza no conoce lÃmites, es una suerte para el pueblo que sólo puedan abandonar la posada obedeciendo órdenes, pero en la posada no cabe otro remedio que bregar con ellos; a Frieda le resultaba muy difÃcil, asà que le vino muy bien que me utilizasen a mà para tranquilizar a la servidumbre; desde hace más de dos años paso como mÃnimo dos noches enteras a la semana en el establo con la servidumbre. Antes, cuando nuestro padre aún podÃa ir a la posada de los señores, dormÃa en cualquier lado en la taberna y asà podÃa esperar las noticias que yo le traÃa por la mañana temprano. Eran pocas. Al mensajero no le hemos encontrado hasta hoy, aún debe de estar al servicio de Sortini, quien le aprecia mucho, y ha debido de seguirle cuando Sortini se retiró a oficinas alejadas. Durante todo este tiempo tampoco le han visto los sirvientes, y si alguno dice que sÃ, se trata de un error. Asà que en realidad mi plan habÃa fracasado, aunque no completamente: es indudable que no hemos encontrado al mensajero y que nuestro padre, al tener que recorrer el camino hasta la posada y pernoctar allÃ, tal vez incluso debido a la compasión que sentÃa por mÃ, en la medida en que era capaz de sentirla, empeoró y se halla desde hace dos años en este estado en que tú le has visto, y quizá le vaya mejor que a nuestra madre, cuyo fin esperamos cualquier dÃa y que sólo se retrasa gracias a los esfuerzos sobrehumanos de Amalia. Pero lo que he logrado en la posada de los señores ha sido cierta conexión con el castillo, no me desprecies si digo que no me arrepiento de lo que he hecho. ¿De qué gran conexión con el castillo se puede tratar?, te preguntarás. Y tienes razón, no es ninguna gran conexión. Cierto, conozco a muchos sirvientes, casi a todos los sirvientes de los señores, y si alguna vez entrase en el castillo no serÃa ninguna extraña. También es cierto que sólo son sirvientes en el pueblo, en el castillo son muy diferentes y allà no reconocen a nadie y menos a alguien con quien han tenido tratos en el pueblo, por mucho que juren mil veces en el establo que se alegrarÃan de verte en el castillo. Por lo demás, ya he experimentado lo poco que significan esas promesas. Pero eso no es lo más importante. No sólo a través de los sirvientes tengo una conexión con el castillo, sino también, y ojalá que sea asÃ, por alguien que me observa a mà y lo que hago desde arriba —siendo la organización de la servidumbre una parte muy importante y delicada del trabajo administrativo—, y esa persona que me observa quizá llegue a un juicio más benevolente sobre mà que otras, quizá reconozca que yo, aunque de una forma lastimosa, lucho por mi familia y continúo los esfuerzos de mi padre. Si se contempla asÃ, quizá también se me perdone que acepte dinero de los sirvientes y lo emplee en mi familia. Y aún he logrado algo más, algo que tú también me reprochas. He sabido a través de los sirvientes cómo se puede ingresar en el servicio del castillo por medio de atajos y sin someterse al procedimiento oficial de selección, tan difÃcil y que puede durar años, entonces, aunque no se sea un empleado público, sino sólo secreto y parcialmente aceptado, no se tienen ni derechos ni deberes, ni ventajas ni desventajas; lo peor es no tener ventajas, aunque una sà se tiene, que siempre se está cerca de todo, se pueden reconocer oportunidades favorables y aprovecharlas, no se es ningún empleado, pero casualmente se puede encontrar algún trabajo, en ese momento no hay un empleado a mano, una llamada, uno se apresura, y lo que no se era un segundo antes, se es ahora: un empleado. Sin embargo, ¿cuándo se puede encontrar esa oportunidad? A veces en seguida, apenas se ha llegado, surge la oportunidad, no todos tienen la capacidad y la presencia de ánimo como para, en la condición de novato, darse cuenta de ella, pero otras veces dura más años que el procedimiento de selección público y quien sólo ha sido aceptado parcialmente ya no puede aspirar a un ingreso conforme a las normas. Asà que aquà hay suficientes inconvenientes. Sin embargo, ellos silencian que en el procedimiento público se selecciona con extremada severidad y que el miembro de una familia de mala fama queda descartado de antemano; si alguien asà se somete a ese procedimiento, tiembla durante años ante el resultado, por todas partes le preguntan desde el primer dÃa con asombro cómo ha podido osar algo tan inútil; pero él tiene esperanzas, cómo podrÃa vivir si no, pero después de muchos años, tal vez ya anciano, se entera del rechazo, se entera de que todo está perdido y de que su vida fue en vano. No obstante, también aquà se producen excepciones, por eso se puede caer tan fácilmente en la tentación. Ocurre que precisamente personas de mala reputación sean admitidas, hay funcionarios que, contra su voluntad, aman el olor de esos tipos; en los exámenes de ingreso olfatean el aire, contraen la boca, ponen los ojos en blanco, un hombre semejante parece obrar para ellos como un estÃmulo del apetito y tienen que aferrarse con fuerza a los códigos para poder resistir la tentación. Algunas veces eso ayuda a la persona en cuestión no para la admisión, sino para la prolongación infinita del procedimiento de ingreso, que ya no termina, sólo se interrumpe con su muerte. Asà pues, tanto el procedimiento legal de admisión como el otro están llenos de dificultades tanto conocidas como ocultas y antes de embarcarse en esa aventura es aconsejable pensarlo muy bien. Bueno, Barnabás y yo nos hemos tomado esto último muy en serio. Siempre que regresaba de la posada de los señores, nos sentábamos juntos, yo le contaba las novedades que habÃa conocido, hablábamos durante dÃas enteros y el trabajo de Barnabás se interrumpÃa más tiempo del prudencial. Y aquà puedo tener cierta culpa en tu sentido. SabÃa que no podÃa fiarme mucho de las informaciones de los sirvientes. SabÃa que nunca tenÃan ganas de contarme nada del castillo, siempre cambiaban de tema, habÃa que rogarles para que dejaran escapar una palabra, pero luego, cuando estaban en ello, se disparaban, soltaban las cosas más absurdas, fanfarroneaban, se superaban unos a otros en exageraciones e invenciones, de tal forma que en el griterÃo infinito en el oscuro establo apenas habÃa alguna indicación que correspondiese a la verdad. Yo, sin embargo, se lo volvÃa a contar todo a Barnabás de la forma en que lo recordaba, y él, que aún no tenÃa la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso y que por la situación de nuestra familia se morÃa de anhelo por esas cosas, se lo creÃa todo y ardÃa en deseos de saber más. Y, efectivamente, mi nuevo plan se centraba en Barnabás. De los sirvientes ya no se podÃa lograr más. No habÃa quien encontrara al mensajero de Sortini y no se le encontrarÃa jamás, tanto Sortini como su mensajero parecÃan ir retrocediendo cada vez más, con frecuencia su apariencia y sus nombres caÃan en el olvido y yo tenÃa que describirlos largo tiempo para no lograr otra cosa que se acordaran con esfuerzo de ellos pero sin saber decir nada. Y en lo que respecta a mi vida con los sirvientes, naturalmente no tenÃa ninguna influencia en cómo se juzgaba, sólo podÃa esperar que se tomara como se tomó y que se redujera algo la culpa de mi familia, pero no recibà ningún signo externo de ello. No obstante, seguÃ, ya que no veÃa para mà ninguna otra posibilidad de poder conseguir algo en el castillo. Para Barnabás, sin embargo, sà vi otra posibilidad. De las informaciones de los sirvientes pude deducir, cuando tenÃa ganas y siempre tenÃa de sobra, que alguien que ha sido admitido en el servicio del castillo puede lograr mucho para su familia. Cierto, ¿qué habÃa digno de crédito en esos cuentos? Era imposible distinguirlo, sólo estaba claro que era muy poco. Pues, cuando un sirviente, a quien no volverÃa a ver o a quien, en el caso de volver a verle, apenas volverÃa a reconocerle, me aseguraba solemnemente que ayudarÃa a mi hermano a conseguir un puesto en el castillo o, al menos, a apoyarle cuando Barnabás fuese al castillo, esto es, algo como animarle, pues, según los relatos de los criados, puede ocurrir que los solicitantes de un empleo se desmayen por la larga espera o queden confusos, en cuyo caso están perdidos si no hay amigos que se preocupen de ellos, cuando me contaba todo eso y mucho más, eran seguramente advertencias justificadas, pero las promesas de que iban acompañadas estaban vacÃas. No para Barnabás, aunque le advertà que no las creyera; el simple hecho de mencionarlas fue suficiente para también hacer suyo mi plan. Mis objeciones apenas le hicieron efecto, en él sólo tenÃan efecto los relatos de los sirvientes. Y asà me quedé dependiendo únicamente de mà misma, pues con mis padres no se podÃa entender nadie salvo Amalia; conforme seguÃa con más perseverancia los antiguos planes de mi padre, aunque a mi manera, más se apartó Amalia de mÃ; ante ti o ante otros habla conmigo, pero nunca cuando estamos solas, para los sirvientes en la posada de los señores fui un juguete que se esforzaban enfurecidos por romper, durante dos años ni siquiera he intercambiado con uno de ellos una palabra confidencial, sólo mentiras, insidias o desvarÃos, asà que sólo me quedaba Barnabás y Barnabás aún era muy joven. Cuando al transmitirle mis informes veÃa el brillo de sus ojos, que él ha mantenido desde entonces, me asustaba, pero no desistÃa, me parecÃa que habÃa demasiado en juego. Cierto, no tenÃa los grandes y vacÃos planes de mi padre, no tenÃa esa determinación masculina, permanecà en el desagravio por la ofensa al mensajero y querÃa que se me reconociera como un mérito esa modestia. Pero lo que a mà me habÃa sido imposible conseguir, lo querÃa lograr a través de Barnabás y de una forma distinta y segura. HabÃamos ofendido a un mensajero y le habÃamos ahuyentado de las oficinas más externas, ¿qué podÃa ser más indicado que ofrecer a un nuevo mensajero en la persona de Barnabás, realizar el trabajo del mensajero ofendido a través del trabajo de Barnabás y asà facilitar al ofendido la posibilidad de permanecer en la distancia todo el tiempo que quisiera, todo el tiempo que necesitase para olvidar la ofensa? Me di perfecta cuenta de que en toda la modestia de este plan habÃa cierta arrogancia por mi parte, pues podÃa despertar la sensación de que querÃa dictarle algo a la administración, por ejemplo, cómo debÃa tratar cuestiones de personal, o podÃa parecer como si dudásemos de que la administración fuese capaz de resolver la situación por su cuenta y de la mejor forma posible, o de que incluso no hubiesen tomado las medidas necesarias antes de que a nosotros se nos hubiese ocurrido que ahà se podÃa hacer algo. Sin embargo, creà de nuevo que era imposible que la administración me interpretase tan mal o que ella, si ése fuese el caso, lo hiciera con intención, esto es, que todo lo que yo hago quedase rechazado de antemano y sin ninguna investigación. Asà que no cejé y el celo de Barnabás hizo el resto. En esa fase preparatoria Barnabás se volvió tan altanero que, como futuro empleado de las oficinas, consideró el trabajo de zapatero demasiado sucio, sÃ, incluso se atrevió a contradecir a Amalia cuando ésta habló unas palabras con él, lo que era muy extraño, y además, la contradijo en lo esencial. Le permità esa corta alegrÃa, pues con el primer dÃa que fue al castillo se acabó con la alegrÃa y la altanerÃa, como era de prever. Entonces comenzó a desempeñar ese servicio aparente del que te he hablado. Resulta sorprendente cómo Barnabás entró en el castillo o, mejor, en la oficina que se ha convertido, por decirlo asÃ, en su ámbito laboral. Ese éxito casi me volvió loca al principio, y cuando Barnabás me lo murmuró al oÃdo por la noche cuando regresó a casa, fui hacia Amalia, la abracé, la apreté contra una esquina y la besé con los labios y los dientes hasta que lloró del dolor y del susto. No pude decir nada por la excitación y, además, ya hacÃa mucho tiempo que no habÃamos intercambiado una palabra, lo dejé para los dÃas siguientes. Pero en los dÃas siguientes ya no habÃa nada que decir. Nos quedamos estancados en lo que habÃamos logrado tan rápidamente. Durante dos años llevó Barnabás esa vida monótona y opresiva. Los sirvientes fracasaron lastimosamente, yo le di a Barnabás una carta en la que le PttêÍU PttêÍU Ð4iêÍU àiêÍU ¸ttêÍU pttêÍU R pttêÍU rviente, sacaba la carta y se la presentaba, por más que a veces se encontrara con sirvientes que no me conocÃan, y aunque a los que sà me conocÃan se limitaba a mostrarles la carta sin decir palabra, pues arriba no se atreve a hablar, fue una vergüenza que nadie le ayudara y resultó un alivio, que nos podÃamos haber procurado nosotros mismos y desde hacÃa mucho tiempo, cuando un sirviente, a quien probablemente ya le habÃa mostrado la carta varias veces, formó una bola de papel con ella y la tiró a la papelera. Se me ocurre que al mismo tiempo podrÃa haber dicho: «Asà soléis tratar también vosotros las cartas». Pero por muy infructuosa que fuese esa época, en Barnabás ejerció una influencia beneficiosa, si se puede llamar beneficioso a que madurase prematuramente, a que se convirtiese precozmente en un adulto, incluso en cierta manera con una seriedad y perspicacia que superan el término medio entre los hombres adultos. Con frecuencia me apena contemplarle y compararle con el joven que aún era hace dos años. Y ni siquiera he tenido de él el consuelo y el apoyo que quizá podrÃa darme como hombre. Sin mà no habrÃa llegado al castillo, pero desde que está allà es independiente de mÃ. Yo soy su única persona de confianza, pero él sólo me cuenta una parte de lo que siente. Me cuenta muchas cosas del castillo, pero de lo que me cuenta, de los pequeños sucesos que me transmite, no se puede comprender ni mucho menos cómo todo eso le ha podido transformar tanto. En especial no se puede comprender por qué ahora que es un hombre ha perdido allá arriba el valor que, cuando joven, llegaba a desesperarnos. Cierto, esa inútil espera dÃa tras dÃa, repitiéndose una y otra vez, sin posibilidades de cambio, desmoraliza, produce indecisión y, finalmente, incapacita para otra cosa que no sea esa eterna espera. Pero ¿por qué no ofreció ninguna resistencia al principio? Porque pronto reconoció que yo habÃa tenido razón y que allà no se podÃa conseguir nada que retribuyera la ambición, si acaso tal vez para la mejora de nuestra situación familiar. Pues allà todo funciona, si exceptuamos los caprichos de los sirvientes, con modestia, el orgullo busca allà satisfacción en el trabajo y como el asunto mismo es lo que cobra mayor importancia, el orgullo se pierde por completo y no hay espacio para deseos infantiles. Sin embargo, Barnabás, como me contó, creÃa ver claramente lo grande que era el poder y el saber de esos funcionarios tan discutibles de la oficina en que podÃa permanecer. Me describió cómo dictaban, rapido, con los ojos semicerrados, y breves ademanes; cómo despachaban, sólo con el dedo Ãndice y sin decir una palabra, a los quejosos sirvientes, que en esos instantes sonreÃan felices mientras respiraban dificultosamente, o cómo encontraban un pasaje importante en sus libros, llamaban la atención sobre él con una palmada y los demás acudÃan presurosos, estorbándose mutuamente debido a la estrechez del pasillo, y alargaban los cuellos para poder verlo. Eso y otras cosas similares alimentaban la fantasÃa de Barnabás acerca de esa gente y tenÃa la sensación de que si ellos llegaran a fijarse en él y pudiera intercambiar con ellos algunas palabras, no como un extraño, sino como un colega de oficina, aunque subordinado, podrÃa lograr algo impredecible para nuestra familia. Pero no ha llegado tan lejos y Barnabás no se atreve a hacer algo que pudiera aproximarlo a eso, a pesar de que sabe muy bien que pese a su juventud ha ocupado entre nosotros, a causa de las infelices circunstancias, la posición tan cargada de responsabilidad del cabeza de familia. Y para colmo hace una semana llegaste tú. Lo oà mencionar a alguien en la posada de los señores, pero no me interesé por el asunto. HabÃa llegado un agrimensor, ni siquiera sabÃa qué profesión era ésa. Pero a la noche siguiente llegó Barnabás a casa —yo solÃa salir a su encuentro a una hora determinada—, más pronto que de costumbre, miró a Amalia, que en ese instante se encontraba en la habitación, y por eso me sacó a la calle, allà presionó su rostro sobre mi hombro y lloró durante varios minutos. Ha vuelto a ser el joven de antes. Le ha ocurrido algo para lo que no está preparado. Es como si un nuevo mundo se hubiese abierto repentinamente ante él y no pudiese soportar las inquietudes que le produce esa novedad. Y lo único que le ha ocurrido es que ha recibido una carta para ti, pero ciertamente se trata de la primera carta, del primer trabajo que le han encargado.
