El Castillo

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—Tienes que distinguir entre nosotros —dijo Olga—. Barnabás, gracias a las dos cartas, se ha convertido de nuevo en un niño feliz, pese a todas las dudas que tiene en su actividad. Esas dudas sólo las tiene para él y para mí, frente a ti, sin embargo, busca su honor en presentarse como un mensajero real, del modo en que, según su idea, tienen que presentarse los mensajeros de verdad. Por eso, por ejemplo, y aunque su esperanza de recibir un traje oficial ha aumentado, en dos horas tuve que cambiarle tanto el pantalón como para que fuese al menos parecido al pantalón ajustado del traje oficial y así poder darte una buena impresión, ya que tú a este respecto eres fácil de engañar. Así es Barnabás. Amalia, en cambio, desprecia realmente el servicio de mensajero y ahora que Barnabás parece tener algo de éxito, como se puede reconocer fácilmente tanto en él como en mí misma y se puede deducir de nuestros encuentros y cuchicheos, ahora le desprecia aún más que antes. Así pues, ella dice la verdad, no cometas nunca el error de dudar de ello. Pero si yo, K, he menospreciado alguna vez el servicio de mensajero, no ocurrió con la intención de engañarte, sino a causa del miedo. Esas dos cartas que han pasado hasta ahora por las manos de Barnabás son, desde hace tres años, el primer signo de gracia, por muy dudoso que sea, que ha recibido nuestra familia. Este cambio, si realmente se trata de un cambio y no de una ilusión —las ilusiones son más frecuentes que los cambios—, está en relación con tu llegada; nuestro destino, en cierto modo, se ha hecho dependiente de ti, quizá esas dos cartas sean sólo el inicio y la actividad de Barnabás pueda extenderse más allá del servicio de mensajero que te presta a ti —en eso pondremos nuestras esperanzas tanto tiempo como podamos—, pero por ahora todo apunta en tu dirección. Allí arriba tenemos que contentarnos con lo que se nos da, aquí abajo, en cambio, tal vez podamos hacer algo, esto es: asegurarnos tu favor o, al menos, evitar tu rechazo o, lo que es más importante, protegerte hasta donde alcancen nuestras fuerzas y nuestra experiencia para que contigo no se pierda la conexión con el castillo, de la que tal vez podríamos vivir. ¿Cómo podemos conseguirlo de la mejor manera? Intentando que no alimentes sospechas contra nosotros cuando nos aproximemos a ti, pues aquí eres un extraño y por lo tanto algo sospechoso en todas partes, algo legítimamente sospechoso. Además, a nosotros nos desprecian y tú te ves influido por la opinión general, especialmente a través de tu novia, ¿cómo podemos entonces acercarnos a ti sin, por ejemplo, y aunque nosotros no tengamos esa intención, enfrentarnos a tu novia y, por tanto, sin mortificarte? Y los mensajes que yo he leído detalladamente antes de que tú los recibieras —Barnabás no los ha leído, al ser mensajero no le está permitido— a primera vista no parecían muy importantes, todo lo contrario, parecían anticuados, ellos mismos se quitaban importancia al remitirte al alcalde. ¿Cómo tenemos que comportarnos contigo a este respecto? Si aumentamos su importancia, nos hacemos sospechosos de valorar en demasía algo que es evidente carece de importancia o de ensalzarnos ante ti como los portadores de las noticias, pero si no persiguiésemos tus objetivos, podríamos menospreciar las noticias y engañarte contra nuestra voluntad. Sin embargo, si no atribuimos mucho valor a las cartas, también nos hacemos sospechosos, pues ¿por qué nos ocuparíamos entonces de llevar esas cartas sin importancia a su destinatario? Aquí nuestros actos rebatirían nuestras palabras, pues no sólo no te engañaríamos a ti, al destinatario, sino también a nuestro mandante, que, ciertamente, no nos dio las cartas para que rebajásemos su valor ante el destinatario con nuestras explicaciones. Y encontrar el justo medio entre las exageraciones, esto es, interpretar correctamente las cartas, es imposible, cambian continuamente de valor; las reflexiones a que dan pie son infinitas y el lugar donde uno se detiene viene determinado por la casualidad, así que las opiniones resultantes también son casuales. Y si encima a ello se añade el miedo que tenemos por ti, todo se confunde, no puedes juzgar mis palabras con mucha severidad. Cuando, por ejemplo, como ya ha ocurrido una vez, viene Barnabás con la noticia de que estás insatisfecho con su servicio y él, guiado por el susto, así como, desgraciadamente, por su sensibilidad de mensajero, considera dimitir de su puesto, entonces estoy dispuesta, para reparar el error, a engañar, mentir, estafar, a realizar cualquier perversidad si puede ayudar. Pero eso lo hago, al menos así lo creo, tanto por ti como por nosotros.


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