El Castillo

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Cuando se encontró en la calle vio, en la medida en que se lo permitía la oscuridad de la noche, cómo el ayudante seguía yendo y viniendo ante la puerta de la casa de Barnabás, a veces se detenía e intentaba iluminar el interior a través de la ventana cubierta con una cortina. K le llamó; sin asustarse visiblemente, dejó de espiar la casa y se dirigió hacia donde estaba K.

¿A quién buscas? —preguntó K, y probó en su pierna la flexibilidad de la vara de mimbre.

—A ti —dijo el ayudante mientras se aproximaba.

¿Quién eres tú? —dijo repentinamente K, pues no le parecía que fuese el ayudante. Parecía más viejo, cansado y arrugado, aunque con un rostro más lleno, también su paso era muy diferente al paso ágil, como electrizado en las articulaciones de los ayudantes, era más lento, cojeante, enfermizo.

—¿No me reconoces? —preguntó el hombre—. Soy Jeremías, tu antiguo ayudante.

¿Sí? —dijo K, y dejó asomar de nuevo la vara, que había escondido a su espalda—. Pero tu aspecto es muy diferente.

—Es porque estoy solo —dijo Jeremías—, cuando estoy solo, desaparece la alegre juventud.

—¿Dónde está Artur? —preguntó K.


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