El Castillo
El Castillo —JeremÃas —dijo—, quiero ser sincero contigo: respóndeme honradamente una pregunta. Entre nosotros ya no existe una relación entre señor y sirviente, por lo que no sólo te alegras tú, sino también yo, asà que no tenemos ninguna razón para engañarnos. AquÃ, ante tus ojos, rompo la vara que reservaba para ti, pues no he escogido el camino del jardÃn por miedo, sino para sorprenderte y dejar caer la vara más de una vez sobre tus espaldas. Bien, no me lo tomes a mal, todo eso es historia, si no fueras un sirviente que se me ha impuesto oficialmente, sino sólo un conocido, nos hubiésemos entendido muy bien, aunque algunas veces tu aspecto me moleste un poco. Y ahora podrÃamos recobrar el tiempo perdido.