El Castillo
El Castillo ¿Acaso crees dijo JeremÃas— que tengo miedo de todo eso?
—Pues sÃ, sà lo creo —dijo K—. Un poco de miedo sà que tienes y si eres listo, mucho miedo. ¿Por qué no te has ido ya con Frieda? Di, ¿la amas?
—¿Que si la amo? Es una chica buena y lista, una antigua amante de Klamm, asà que respetable en todo caso. Y si ella me pide continuamente que la libere de ti, ¿por qué no deberÃa hacerle ese favor, especialmente cuando al hacerlo no te causo ningún daño a ti, pues te consuelas con las malditas mujeres de los Barnabás?
—Ahora veo tu miedo —dijo K—, un miedo lamentable, intentas atraparme con tus mentiras. Frieda sólo ha pedido una cosa, que la liberen de los perrunos y lascivos ayudantes que se han tornado incontrolables, por desgracia no he tenido tiempo para cumplir completamente sus deseos y ahora ya están aquà las secuelas de mi negligencia.
—¡Señor agrimensor! ¡Señor agrimensor! —gritó alguien en la calle. Era Barnabás. VenÃa jadeante, pero no olvidó inclinarse ante K.
—Lo he conseguido —dijo.
¿Qué has conseguido? —preguntó K—. ¿Has llevado mi petición a Klamm?