El Castillo
El Castillo —Pero tuve Ă©xito —dijo Barnabás—. Cuando salĂ de mi oficina —yo la llamo mi oficina—, vi cĂłmo venĂa lentamente un señor por el largo pasillo, todo lo demás ya estaba vacĂo, era muy tarde, decidĂ esperarle, era una buena oportunidad para permanecer allĂ, en realidad hubiese preferido permanecer allĂ para no tener que traerte la mala noticia. Pero mereciĂł la pena esperar a ese señor, era Erlanger. ÂżNo le conoces? Es uno de los primeros secretarios de Klamm, un hombre pequeño y dĂ©bil que cojea un poco. Me reconociĂł en seguida, es famoso por su memoria y su conocimiento de la naturaleza humana, se limita a contraer las cejas y eso le basta para reconocer a alguien, con frecuencia a personas que ni siquiera ha visto, de las que sĂłlo ha oĂdo o leĂdo, a mĂ, por ejemplo, no creo que me hubiese visto nunca. Pero a pesar de que reconoce a cualquier persona, siempre pregunta como si estuviera inseguro. «¿No eres Barnabás?», me dijo. Y luego preguntĂł: «TĂş conoces al agrimensor, Âżverdad?» Y, a continuaciĂłn, dijo: «Es una feliz coincidencia. Ahora mismo me voy a la posada de los señores. El agrimensor me tiene que visitar allĂ. Vivo en la habitaciĂłn N.° 15. Pero tendrĂa que venir ahora, en seguida, allĂ tengo unas entrevistas y regresarĂ© a las cinco de la mañana. Dile que es importante que hable con Ă©l».