El Castillo
El Castillo Resultó que todos esperaban a Erlanger. Este último ya había llegado, pero aún se entrevistaba con Momus antes de recibir a las partes. La conversación general se centraba en que no se podía esperar en la casa, sino fuera, de pie en la nieve. Aunque no hacía mucho frío, era desconsiderado dejar a aquellas personas quizá durante horas ante el edificio. Cierto, no era culpa de Erlanger, que más bien era muy transigente, apenas sabía nada de ello y con toda seguridad se habría enojado mucho si se lo hubiesen comunicado. Era culpa de la posadera, que en su enfermiza aspiración por la exquisitez, no soportaba que entrasen muchas personas al mismo tiempo en la posada de los señores. «Ya que es inevitable y tienen que venir», solía decir, «entonces, por amor de Dios, uno detrás de otro». Y finalmente había logrado que las personas que primero esperaban en el recibidor, más tarde en la escalera, luego en el pasillo y, por último, en la taberna, fueran expulsados a la calle. Y ni siquiera eso le bastó. Le parecía insufrible quedar «sitiada» en su propia casa, como ella se expresaba. Le resultaba incomprensible por qué había ese trajín de personas. «Para ensuciar la escalera», le contestó una vez un funcionario a su pregunta, quizá enojado, pero para ella fue una respuesta muy esclarecedora y solía citar esas palabras. Aspiraba, y en esto también se acomodaba a los gustos de los interesados, a que se construyera un edificio frente a la posada de los señores en el que pudieran esperar. Pero lo que más deseaba era que las entrevistas con las partes, así como los interrogatorios, se celebrasen fuera de la posada, pero a eso se oponían los funcionarios y cuando los funcionarios se oponían seriamente, la posadera no podía imponerse, por más que en las cuestiones accesorias, y debido a su celo incansable y femenino, ejerciese una especie de pequeña tiranía. Pero la posadera tendría que seguir tolerando previsiblemente las entrevistas y los interrogatorios en la posada, pues los señores del castillo, cuando estaban en el pueblo, se negaban a abandonar la posada para asuntos oficiales. Siempre tenían prisa, sólo estaban en el pueblo contra su voluntad, alargaban su estancia allí sólo para lo absolutamente necesario, no tenían nada de ganas y, por eso, no se podía exigir de ellos que, en consideración a la paz doméstica en la posada, se trasladasen temporalmente con todos sus escritos a cualquier otro edificio y así perder el tiempo. Los funcionarios preferían resolver los asuntos oficiales en la taberna o en su habitación, a ser posible durante la comida o desde la cama, antes de dormirse o por la mañana, cuando estaban demasiado cansados para levantarse y querían estirarse un poco en la cama. En cambio, la cuestión de la construcción de una sala de espera en otro edificio les parecía una solución ventajosa, aunque, ciertamente, se trataba de un castigo considerable para la posadera —se reían un poco sobre ello—, pues precisamente el asunto de la construcción de una sala de espera haría necesarias numerosas entrevistas y los pasillos de la casa no podrían quedar vacíos.