El Castillo
El Castillo Sobre todas estas cosas se conversaba a media voz entre los que esperaban. A K le llamó la atención que, aunque la insatisfacción era grande, nadie reprochaba a Erlanger que convocase a los interesados en plena noche. Preguntó al respecto y recibió la información de que por esa medida habría que estarle más bien agradecido. A fin de cuentas, era exclusivamente su buena voluntad y la gran estima que tenía de su cargo lo que le impulsaba a venir al pueblo, él, si quisiera —y tal vez correspondiese mejor a los reglamentos—, podría enviar a un secretario subalterno y dejar que él rellenase las actas. Pero se niega la mayoría de las veces a hacer esto, quiere verlo y oírlo todo, pero para eso tiene que sacrificar sus noches, pues en su horario de trabajo no hay previsto ningún tiempo para viajes al pueblo. K objetó que Mamm venía al pueblo por el día y que incluso permanecía allí varios días, ¿acaso era Erlanger, que sólo tenía el cargo de secretario, más indispensable arriba? Algunos rieron bondadosamente, otros callaron confusos, estos últimos formaban la mayoría y apenas le contestaron algo a K. Sólo uno dijo algo vacilante que, naturalmente, Klamm era indispensable, tanto en el castillo como en el pueblo.
En ese momento se abrió la puerta de la posada y apareció Momus entre dos sirvientes con dos lámparas.