El Castillo

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—Bueno, da igual —dijo K—, os llamaré Artur a los dos. Si envío a Artur a algún lado, os vais los dos juntos, si le encargo a Artur un trabajo, lo hacéis los dos, aunque eso tiene para mí la gran desventaja de que no os puedo emplear en trabajos distintos; sin embargo, tiene la ventaja de que los dos tenéis una responsabilidad indivisible sobre todo lo que os encargue. Cómo os repartáis el trabajo que os encargue, me resulta indiferente, pero no me podéis hablar uno después del otro, para mí sois un solo hombre.

Ellos meditaron un instante y dijeron:

—Para nosotros sería muy desagradable.

—Cómo no —dijo K—; es natural que os resulte desagradable, pero así lo haré.

Ya desde hacía un rato había observado K que uno de los campesinos rondaba la mesa: finalmente se decidió, se acercó a uno de los ayudantes y quiso susurrarle algo en el oído.

—Disculpe —dijo K, golpeó con la mano en la mesa y se levantó—, éstos son mis ayudantes y ahora tenemos una entrevista. Nadie tiene derecho a molestarnos.

—¡Oh!, perdone, perdone —dijo el campesino atemorizado y regresó a su grupo.


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