El Castillo
El Castillo —Esto tenéis que tenerlo muy presente —dijo K volviéndose a sentar—, no podéis hablar con nadie sin mi permiso. Yo soy aquà un forastero y si sois mis antiguos ayudantes, también vosotros sois forasteros. Nosotros, los tres forasteros, tenemos, por consiguiente, que mantenernos juntos; estrechadme entonces vuestras manos.
Con demasiada docilidad estrecharon la mano de K.
—Me habéis dado vuestra palabra —dijo—, tenéis que cumplir mis órdenes. Ahora me iré a dormir, os aconsejo que hagáis lo mismo. Hoy hemos perdido un dÃa de trabajo, mañana tendremos que comenzar muy temprano. Tenéis que conseguir un trineo para ir al castillo y estar aquÃ, ante la casa, con él, a las seis de la mañana, dispuestos para partir.
—Bien —dijo uno, pero el otro se inmiscuyó:
—Dices «bien», pero sabes que es imposible.
—Silencio —dijo K—, ya queréis comenzar a distinguiros.
Pero entonces también habló el primero:
—Tiene razón, es imposible, sin autorización ningún forastero puede ir al castillo.
—¿Dónde se consigue esa autorización?
—No lo sé, tal vez del alcaide.
—Entonces intentaremos hablar con él por teléfono. Llamad en seguida al alcaide, los dos.