El Castillo
El Castillo Corrieron hacia el aparato, pidieron la conexión —por el modo en que se afanaban aparentaban ser ridÃculamente obedientes— preguntaron si podÃa ir al castillo con ellos al dÃa siguiente. El «no» pudo oÃrlo K desde su mesa, pero la respuesta fue aún más detallada: «ni mañana ni ningún otro dÃa».
—Yo mismo telefonearé —dijo K, y se levantó. Mientras que hasta ese momento, salvo el incidente con el campesino, los presentes apenas habÃan reparado en K y sus ayudantes, sus últimas palabras despertaron el interés general. Todos se levantaron al mismo tiempo que K y, aunque el posadero intentó echarlos hacia atrás, se agruparon alrededor del aparato formando un semicÃrculo. Entre ellos predominó la opinión de que K no recibirÃa ninguna respuesta. K tuvo que pedirles que permaneciesen en silencio: no querÃa oÃr su opinión.
En el receptor escuchó un zumbido, como nunca lo habÃa oÃdo al telefonear. Era como si ese zumbido estuviese compuesto de innumerables voces infantiles, pero en realidad tampoco era un zumbido, sino un canto de voces lejanas, extremadamente lejanas, como si de ese zumbido se formase una única voz elevada y fuerte que golpeaba el oÃdo como si quisiese penetrar más en el pobre aparato auditivo. K escuchaba sin decir nada, habÃa apoyado el brazo izquierdo en el soporte del teléfono y escuchaba en esa postura.