El Castillo
El Castillo No supo cuánto tiempo estuvo allí escuchando, al cabo el posadero le tiró de la chaqueta y le dijo que acababa de llegar un mensajero para él.
—¡Fuera! —gritó perdiendo el dominio de sí mismo, quizá en el auricular del teléfono, pues entonces se anunció alguien. Se desarrolló la siguiente conversación:
—Aquí Oswald, ¿quién es? —gritó una voz severa y arrogante con lo que a K le pareció un pequeño defecto en la articulación que intentaba compensar con un suplemento de severidad. K dudó en identificarse, estaba indefenso ante el teléfono: el otro podía fulminarle, colgar el auricular y K se habría cerrado un camino quizá no carente de importancia. El titubeo de K acabó con la paciencia del hombre.
—¿Quién es? —repitió, y añadió—: Me agradaría que no se telefonease tanto desde allí: hace sólo un instante se ha telefoneado.
K no se ocupó de esa indicación y anunció con una decisión repentina:
—Soy el ayudante del señor agrimensor.
—¿Qué ayudante? ¿Qué señor? ¿Qué agrimensor?
K se acordó de la conversación telefónica del día anterior.
—Pregúntele a Fritz —dijo brevemente.