El Castillo
El Castillo Para su sorpresa surtió efecto. Pero más por el hecho de que surtiera efecto, se asombró de la centralización del servicio.
La respuesta fue:
—Ya sé, el eterno agrimensor, ja, ja. ¿Qué más? ¿Qué ayudante?
—Josef —dijo K.
Le molestaba algo el murmullo de los campesinos a sus espaldas, en apariencia no estaban de acuerdo en que no se presentase correctamente. Pero K no tenÃa tiempo de ocuparse de ellos, pues la conversación necesitaba de toda su concentración.
—¿Josef? —preguntaron—. Los ayudantes se llaman… —una pequeña pausa, al parecer reclamaba los nombres a otra persona—, Artur y JeremÃas.
—Ésos son los nuevos ayudantes —dijo K.
—No, ésos son los antiguos.
—Son los nuevos, yo, sin embargo, soy el antiguo, el que ha llegado hoy después del agrimensor.
—¡No! —gritaron.
—Entonces, ¿quién soy yo? —preguntó K con la misma tranquilidad.
Y después de una pausa la misma voz con el mismo defecto de articulación, aunque con otro tono más profundo y respetable, dijo:
—Tú eres el antiguo ayudante.