El Castillo
El Castillo Frieda asintió en silencio.
—Mira, Frieda —dijo K—, sobre esa supuesta infidelidad ya hemos hablado con frecuencia y siempre has tenido que reconocer finalmente que se trataba de una sospecha injusta. Desde entonces no ha cambia do nada por mi parte, todo es tan inocente como era y como no puede ser de otra manera. Asà que algo ha tenido que cambiar de tu parte, ya sea por insinuaciones ajenas o por otros motivos. En todo caso, conmigo cometes una injusticia, pues, ¿qué ocurre con esas dos muchachas? Una de ellas, la morena —me avergüenzo por tener que defenderme, pero tú asà lo quieres—, la morena no me resulta menos desagradable que a ti, si puedo alejarme de ella, lo haré, y ella lo facilitará, pues no se puede ser más reservada de lo que ella es.
—¡Asà es! —exclamó Frieda, sus palabras parecÃan brotar contra su voluntad. K se alegró de verla tan desorientada, era diferente a como querÃa ser.
—Precisamente te gusta por su aspecto reservado, a la más desvergonzada de todas la llamas reservada y tú lo crees sinceramente; por muy inverosÃmil que parezca, no disimulas, ya lo sé. La posadera de la posada del puente dice de ti: «No le puedo soportar, pero tampoco lé puedo abandonar, una no puede dominarse ante la mirada de un niño pequeño, que aún no puede andar bien y se atreve a alejarse, hay que intervenir».