El Castillo

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Acepta por esta vez su consejo —dijo K sonriendo—, pero a esa muchacha, ya sea reservada o una desvergonzada, la podemos dejar a un lado, no quiero saber nada de ella.

—Pero, ¿por qué la llamas «reservada»? —preguntó Frieda inflexible.

K tomó ese interés por una señal favorable.

¿Acaso lo has experimentado o quieres rebajar a otras? —dijo ella.

—Ni lo uno ni lo otro —dijo K—, la llamo así por agradecimiento, porque me facilita hacer caso omiso de ella y porque, aun cuando ella me hablase con más frecuencia, no lograría que regresase, lo que sería una gran pérdida para mí, pues tengo que ir a causa de nuestro futuro común, como ya sabes. Y por esta razón también tengo que hablar con la otra joven, a quien aprecio por su aptitud, prudencia y desinterés, pero de quien nadie puede afirmar que sea seductora.

—Los criados son de otra opinión —dijo Frieda.

—Tanto en ese como en otros muchos aspectos —dijo K—. ¿De los caprichos de los criados quieres deducir mi infidelidad?

Frieda se calló y toleró que K tomase la taza de su mano, la pusiera en el suelo, la cogiese del brazo y comenzasen a caminar de un lado a otro en el reducido espacio.


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