El Castillo
El Castillo —De éste no —dijo K—, pero sà de otro muy diferente, Frieda. De éste ya no hay nada más que decir. Tú conoces el motivo de por qué debo ir. No me resulta fácil, pero tengo que superarlo. No deberÃas ponérmelo más difÃcil de lo que es. Hoy habÃa pensado ir un instante y preguntar si Barnabás, quien tenÃa que haberme traÃdo un mensaje importante desde hacÃa tiempo, por fin habÃa llegado. No habÃa llegado aún, pero tenÃa que venir muy pronto, como se me aseguró y también era creÃble. No querÃa que viniese a la escuela para que no te molestase con su presencia. Pero las horas pasaron y, por desgracia, no vino. Sin embargo, vino otro a quien odio. No tenÃa ganas de dejarme espiar, asà que salà por el jardÃn vecino, pero tampoco querÃa esconderme de él, sino que salà libremente a la calle y me dirigà hacia él, con una flexible vara de mimbre, como tengo que confesar. Eso es todo, sobre ello ya no hay nada más que decir, pero sà sobre otra cosa muy diferente. ¿Qué ocurre con los ayudantes, cuya mención me resulta tan repugnante como a ti la de esa familia? Compara tu relación con ellos y mi comportamiento con esa familia. Comprendo tu aversión contra esa familia y puedo compartirla. Sólo voy a su casa por mi asunto, a veces casi me parece que cometo una injusticia con ellos, que los utilizo. Lo contrario ocurre contigo y con los ayudantes. No has negado que te persiguen y has reconocido que sientes cierta atracción por ellos. No me enojé contigo por ese motivo, he comprendido que ahà habÃa fuerzas en juego que te superan, estaba feliz de que al menos te defendieras y sólo porque te he dejado unas horas, confiando en tu fidelidad, y también con la esperanza de que la casa estaba irremisiblemente cerrada y los ayudantes se habÃan dado definitivamente a la fuga —me temo que los sigo subestimando—, sólo porque te dejé unas horas y ese JeremÃas —por cierto, un tipo envejecido y enfermizo— ha osado asomarse a la ventana, sólo por eso tengo que perderte, Frieda, y oÃr como saludo: «No habrá ninguna boda». A mà serÃa a quien le corresponderÃa hacerte reproches y, sin embargo, no los hago, sigo sin hacerlos.