El Castillo
El Castillo Y una vez más a K le pareció conveniente desviar un poco a Frieda del tema y le pidió que trajera algo de comer, pues no había comido nada desde el mediodía. Frieda, al parecer también aligerada por la petición, asintió y se fue a buscar algo, no por el corredor donde K suponía la cocina, sino por otro lateral, bajando dos escalones. Al poco rato regresó con un surtido de fiambres y una botella de vino, pero eran los restos de una comida, lo que había quedado había sido ordenado fugazmente para que no se notara, incluso quedaban trozos de piel y la botella no estaba llena. Pero K no dijo nada y se puso a comer con apetito.
¿Has estado en la cocina? —preguntó.
—No, en mi habitación —dijo ella—. Aquí abajo tengo una habitación.
—Tendrías que haberme llevado contigo —dijo K—, bajaré y me sentaré un poco para comer.
—Te traeré una silla —dijo Frieda, y ya se había puesto en camino.
—Gracias —dijo K impidiendo que se fuese—. Ni voy a bajar ni necesito una silla.
Frieda soportó la situación con insolencia, inclinó la cabeza y se mordió los labios.